“Hay que aprender a juzgar una sociedad por sus ruidos, por su arte y por sus fiestas más que por sus estadísticas” (Jacques Attali).
Esta instalación multicanal recrea la realidad sonora de un barrio humilde de Madrid a partir de grabaciones de su entorno y de las voces de sus habitantes. Concebida como una experiencia inmersiva e interactiva, la escucha se ve modificada por los movimientos del visitante en el espacio, de modo que su propia presencia condiciona la percepción y el devenir del paisaje sonoro.
En nuestro tiempo, el ruido está marcado por el exceso: una sobreabundancia de estímulos, mensajes y repeticiones que saturan la escucha y modelan nuestra relación con el entorno. Nos desenvolvemos así en paisajes sonoros cada vez más densos, intervenidos y controlados, donde las voces individuales se mezclan, se distorsionan y, a menudo, se vuelven difíciles de distinguir. Hablar del ruido es, en ese sentido, hablar también de nosotros mismos: de lo que escuchamos, de lo que ignoramos y de las formas en que habitamos un contexto común.
La instalación propone aislar ciertos sonidos dentro de esa masa ruidosa para volverlos perceptibles, invitando al oyente a sumergirse en una realidad sonora con la que puede sentirse identificado —o no—, pero cuyos rastros resultan reconocibles. Para construirla fue fundamental incorporar no solo el paisaje sonoro del barrio, sino también las respuestas, testimonios y resonancias de quienes lo habitan. El visitante podrá comprobar cómo sus movimientos interactúan con el espacio acústico, haciéndolo aún más partícipe y cómplice de ese ruido. Escuchar, atender y tratar de comprender se convierten aquí en un mismo gesto, aunque esa comprensión no desemboque necesariamente en una certeza.